GUNTER GRASS

Gunter Grass era un tipo difícil. Acaba de morir. Ayer lunes 13 de abril 2015, en Lubeck, de una infección pulmonar. Tenía 87 años. Consideraba que todo escritor debe ser la conciencia crítica de la sociedad. Es decir, nada complaciente. Yo estoy de acuerdo. Cuando publicó en 1959 El tambor de hojalata lo llevaron a juicio por blasfemo y pornógrafo. Pero no se amilanó. Si eres un escritor crítico y no estás dispuesto a hacer concesiones sabes que tienes que pagar ese precio: te atacarán desde la izquierda y desde la derecha. Cada grupo buscará sus motivos para atacarte. Intentarán acosarte,  desprestigiarte e intimidarte para lograr que te calles y no incomodes más. Tienes que ser duro y resistir. Y Grass lo fue siempre. En 1992 ó 1993, más o menos, no recuerdo bien, Grass visitó Cuba. Eran los años difíciles del llamado Período Especial. En realidad fue la crisis más brutal por la que ha pasado mi país en toda su historia. Había mucha gente asustada y crispada porque  todo podía naufragar  en cualquier momento. Yo trabajaba como periodista en una revista semanal. La directora me pidió que entrevistara a Grass. A mí me gustaba entrevistar escritores. Benedetti, Galeano, Cardenal. Entrevisté a unos cuantos, y lo disfrutaba. Así que fui al encuentro del alemán. Le pedí una entrevista y me echó un cubo de agua fría: «No le puedo conceder una entrevista. Pero usted puede ir a cada presentación que yo haga y me formula una pregunta. ¡Una sola pregunta! Y yo le respondo». Me quedé boquiabierto: ¿Por qué este hombre me hace esto? ¡Tremendo HP! Por supuesto, todas esas blasfemias sólo las pensé. En la realidad lo miré con furia y unas pequeñas dagas salieron mortales desde mis ojos hacia los suyos. Pero él no se dio por enterado. Así que estuve una semana detrás del cabrón viejo. Pero él me había marcado. En cada presentación yo le hacía una pregunta y él me respondía con agudeza y profundidad, pero si yo intentaba una segunda pregunta ahí mismo hacía una mueca de disgusto porque yo incumplía el acuerdo, y miraba hacia otra parte para darle la palabra a cualquier otra persona y hacer caso omiso de mi presencia. Para mí fue todo un ejercicio de humildad y de control del ego. 

Fui a la redacción. Discutimos más. Y nada. Perdí. El fin de la historia es que la entrevista se publicó en la versión censurada. Cuando la vi impresa no lo podía creer. Casi la mitad del texto había desaparecido.Han pasado más de 20 años de ese incidente. Supongo que ya no estamos tan crispados. Hemos tenido tiempo para relajarnos un poco y sonreir. Creo yo.

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